Descanse en paz

 

Horror. En el estado en que nos encontramos todos. De incertidumbre, de necesidad, de saber o incluso de no estar tan informado, de evitar mucho o de empezar a cansarnos de evitar tanto, vamos dejando pasar los días sin creernos aún demasiado la pesadilla que estamos viviendo, porque en verano nos dieron una tregua, para que «la economía emergiera y disfrutáramos de las vacaciones», porque por obra y milagro ya no había contagios, el virus nos daba un respiro.

Y llegó septiembre y las malas noticias, de nuevo. La rara normalidad volvía a estar entre dicho. Empezamos con las libertades que nos van recortando, los cierres continuados de hostelería y otros sectores que han invertido mucho dinero, para precisamente estar preparados y poder atender con responsabilidad y evitar contagios. Creándose la consecuente crisis para el comerciante y los empleados, que ese quedan en sus casas esperando. Pero eso sí, ir en transporte público con la afluencia de siempre, todos apelotonados en un vagón, pegados de parada a parada, eso no es contagio, que alguien me explique ¿por qué ahí no puede haber contagios?

Todo esto y mucho más está pasando y muchos días echamos la vista a un lado y queremos olvidar un poco tanta desgracia. Otros días lloramos y otros nos indignamos, más si cabe, acabando por irnos a dormir, con la mandíbula tensa y los problemas dentales y el dolor de cabeza. Ese que, al día siguiente, se despierta contigo.

Pero a todo esto hay que sumarle la desgracia, el horror, la pesadilla, de cuando es a ti a quien te toca de cerca. Cuando llega la noticia: un familiar tuyo es positivo. Creo que el miedo que te atraviesa el alma es tan grande, como si te comunicaran a ti que eres positivo. Porque uno mismo es como que se cree que va a poder controlar la enfermedad, pero cuando la padece otro, se nos escapa de las manos. No sabemos lo que siente, si cuando le preguntamos nos miente, para no preocuparnos o realmente está mejorando. Nos crea el temor de perderlo y no haber sabido ayudarlo, hasta que llega el día en que recibe el alta y sabes que ya está fuera de peligro.

Pero no queda ahí la cosa. Porque hay más familiares. Cada vez hay más contagios y de nuevo el virus entra en la familia y esta vez para darnos mayor mazazo.

Este fin de semana hemos perdido a uno de los nuestros. Hemos sufrido la realidad de esta guerra bacteriológica, en la que estamos todos debajo. Nos ha dado un tortazo en la cara y ha dicho así estamos y esto es más doloroso, grave, horrible de lo que te puedas llegar a imaginar, de lo que te están contando.

Los síntomas afloran. Piensas que es un resfriado. Aconsejas a la persona que vaya a mirárselo y se haga la prueba. Le confirman el positivo.

Pasan los días y explica qué siente y cómo se encuentra, confinado. Parece que es leve. Todo va a quedar en síntomas suaves.

No explica que cada vez se ahoga más. Que cualquier gesto, incluso hablar, le cansa. No cuenta que necesita oxígeno y debería ser ingresado. Tal vez por no molestar, por no quererse ver hospitalizado, por confiarse y no darle la importancia a ese mal bicho, que le está comiendo los pulmones. La gran importancia que debería haberle dado.

Se ahogó. No dio tiempo. Murió.

En dos días recibiría el alta, de una seguridad social que determina que en 10 días ya estás bien, aunque seas positivo. No te vuelven a hacer otra prueba. No te hacen la placa que debería confirmar que estas limpio. No miran el historial de ese paciente y hacen un seguimiento más exhaustivo, si eres persona de riesgo.

Y llega el día que, en el telediario, informan del número de víctimas de esas 24 horas y lloras, mucho, porque entre los fallecidos hay uno de los tuyos. Entonces sí que comprendes, ¡ojito, esto va en serio!

El virus se toma la licencia de llevarse a quién le da la gana. Que estamos todos expuestos. Que ayer fue él y a ver quién será mañana.

Y llega el día que comprendes que los besos que no nos hemos dado, ya no nos los daremos. Que los abrazos aplazados se quedaron suspendidos en el aire, en ese justo momento que te comunican el fallecimiento. Y gritas y lloras y odias.

Descanse en paz, porque para mi no es un número más, del día de ayer. Para mi nos ha dejado un hombre que tenía tanto por vivir, que grito: nos lo han robado. Arrebatado. Sin vergüenza. Sin ningún reparo.

Así actúa este virus. Seamos más listos. Vigilemos cómo actuamos. Máxima insistencia en protegernos. En lavarnos y relavarnos las manos. Evitemos seguir sumando.

Hoy mis letras van por ti, Gabri.

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