Meciendo tu vientre

Descansa en tu vientre el amor de tu vida, y sabes que mueres de felicidad y de dicha y aun así temes, y te lastimas, pensando en el daño, en lo que más dolería, y no eres tu sóla, es cierto, eso se siente, aunque lo evitas, lo apartas de tu pensamiento, pero vuelve al día siguiente, y lo intentas, te lamentas porque quieres disfrutar, sonries, pero a la vez lloras, eres vulnerable, todos los somos, la incertidumbre te puede y deseas llegar al final, airosa, triunfante, ganadora, tenerlo en tus brazos, besarle despacio, acariciar su carita, y sentir que ya nada más importa, pues eso era lo que querías.
Descansa y le meces. Le amas, le hablas, le cantas y le convences de que le espera fuera, lo más grande, aunque para los demás sea lo de siempre. 
Y sientes que se lo harás más bello, se lo harás ver siempre emocionante, y hasta el día más difícil, tú con tu amor, con una sonrisa, esa dulce caricia, se lo pintarás diferente. 
Empiezas a ver un mundo distinto por el que luchar.
Es un sentimiento único, es una debilidad inexplicable.
Es lo que alguien calificaría como el amor eterno, inconfundible e irracional. 
Es por quien mataría, sin dudar. 
Es por quien llorarás a escondidas y por quien más gritaras.
Es sangre de tu sangre. Alma de tu alma. Sueño concedido, después de imaginarlo tantas noches, o sin siquiera haberlo predecido.
Estás deseando besarle, abrazarle y mantenerle bajo tu cobijo eternamente. Y a partir de ahora todo da igual. Sois tu, él y nadie más. 
Llevas en tu vientre ese ser del que sentirte orgullosa en este mundo. Vas a ser mamá.
Es el milagro de la vida. No hay más.

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