Ese eterno caudal

Te veo llegar.
Demuestro indiferencia, mantengo la vista fija en otro punto y reflexiono sobre si hay que llegar al punto de hablarte y mirarte o solo mirarte sin apenas hacer un movimiento, sin buscar el encuentro con tu mirada, todo eso pienso ante tu presencia, ante tu llegada. Y tu permaneces impasible. No buscas mi mirada. Y volver al disimulo de pensar que ya no importa nada, que si tú no sientes, yo no siento y si los días pasan, la vida pasa y tu camino girará y el mío seguirá recto, pero totalmente opuesto y algún día de nuevo esa mirada, en algún punto, nos recordará todo y no diremos nada. Esa es la eterna polémica de sentir y no expresar lo que la vida nos ha puesto ahí y ni aprovechamos, ni disfrutamos.
Al final se marchita la flor, se pasa la vida, llámalo como quieras, piénsalo y te darás cuenta, solo cualquier día gris que te pille bajo, cualquier noche que no puedas dormir, dirás que la vida, la eterna vida que dejamos pasar y realmente que poco la vivimos como deseamos. Te mirarás las manos y lamentarás muchas cosas, recordarás y llorarás. Y pensarás que te has dejado devorar, por lo que tu no has sido capaz de haber devorado.
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